Tan sólo 12 km de mar separan la Isla de Cerdeña de la
de Córcega.
El
estrecho de Bonifacio, también conocido como Bocche di Bonifacio
(bocas de Bonifacio), es considerado uno de los puntos más difíciles
de navegación en el Mediterráneo.
La
ciudad de Bonifacio aún conserva un
aire medieval y en la actualidad se ha convertido en un punto turístico
de moda y un centro de navegación a vela.
Tras
una hora en ferry
con un
tiempo infernal, entramos en el fiordo de Bonifacio de más
de un kilómetro. Bonifacio es una ciudad muy bonita vista desde
el barco, pues se puede contemplar unos
acantilados impresionantes de
piedra blanca esculpida por el
viento y el
mar. En la cumbre de los acantilados se sitúa una
fortaleza que rodea la ciudad.
No
llevábamos coche, así que salvamos los 60m de altura que
separan
el puerto del pueblo a través de un camino de cuestas y escaleras.
Una
pequeña excursión para llegar a un
pueblo encantador, aunque excesivamente apagado. Paseamos por el
pueblo medieval construido alrededor de calles inclinadas en un día
cubierto de nubes ocres.
A
pesar de visitar la ciudad en sábado, nos sorprendió encontrar
la Oficina de Turismo cerrada. Descubrimos que en temporada baja, el
fin de semana no está previsto informar a turistas y nos resultó
extraño.
Una
vez visto el pueblo nos acercamos a los alrededores, para disfrutar
de unas vistas desde el
extremo del estrecho en lo más alto de los
acantilados. Encontramos un
edificio abandonado que parecía una antigua cárcel,
de aspecto terrorífico.
Apenas
cuatro restaurantes y un estanco permanecían abiertos más
allá de las 12 de la mañana, cuando los demás comercios
cerraron sus puertas. Vimos más
gaviotas que personas, en un pueblo muy bien cuidado y que debe
abrir sus ojos al turismo en verano.
Comimos
en un
pequeño restaurante, donde nos entendimos chapurreando francés
con un señor que nos corregía con simpatía en cada
frase. Pedimos una pizza quatre fromages y unos entrecôtes
á la poivre y de postre tarte au pomme inmejorable!.
El restaurante
U’Castillo fue
uno de los sitios donde mejor comimos de todo el viaje, aunque también
lo pagamos, eso sí, con mucho gusto!
A
destacar el cuarto de baño de este restaurante, con una
decoración "de lo más".
El
café lo tomamos en un bar con unas bonitas
vistas del estrecho, que estaba dedicado por completo a las apuestas
de carreras de caballos.
Acabamos
descubriendo cómo pedir un café cortado en francés...con
lo bien que habíamos aprendido ya a pedir un Caffè
Macciato en Cerdeña. Garçon, S’il vous
plaît, trois
noisettes!
En
un par de horas retomamos el
ferry de vuelta a Sta Teresa.